Enrique llega a mi vida. Día1.

Escrito por HaSidoEnrique 07-04-2018 en Inicio. Comentarios (0)

Éste blog llegó a mi vida de la misma manera que llegó Enrique: sin buscarlo. 

Todo empezó el dichoso 5 de noviembre del 2015, aquel día acudí como de costumbre a una jornada voluntaria en la perrera municipal de Llucmajor, una maravillosa jornada en la que un grupo de voluntarios nos encargamos de sacar todos los perritos a pasear, los bañamos, los mimamos, los besuqueamos y pasamos con ellos momentos mágicos. 

Aquel día todo transcurría con normalidad. Hasta que algo me llamó la atención dentro de una jaula. Escuché llantos, llantos tímidos casi imperceptibles. Me acerque a ver que había allí dentro, y lo ví. Ay Dios bendito que lo ví. En el fondo de la jaula, arrinconado y asustado estaba él.  Lloraba, temblaba, y me miraba como haciéndome preguntas con la mirada. Un ratero mallorquín marrón, bastante grande para su raza, pero flaco. Se veía en su aspecto que es anciano, o está muy cerca de serlo. En su cuello tenía la marca de un collar, una marca arraigada en su piel, probablemente por haber vivido atado durante años. intenté abrir la jaula para acercarme, me miró fijo, me mostró los dientes y con sus ojos me dejó muy claro, que él y yo nunca seríamos amigos.

Fui corriendo a buscar a mis compañeras, quería saber quien era éste bicho y que podía hacer para ayudarle. A gritos y exaltadas me ordenador: ¡No lo toques, no te acerques a él! y me advirtieron: ¡Pega bocados! Pensé, "pega bocados" no es lo mismo que "muerde". El término sonaba como más inocente, menos peligroso, si fuera altamente agresivo hubieran utilizado otro lenguaje, no sé, tal vez más impactante. Con el tiempo descubrí que una advertencia del tipo: "¡Cuidado, que muerde!" hubiera sido más acertada a su carácter.

Allí se quedó, una triste bolita temblorosa gruñéndole a la vida. Volví a casa y aquel día no pude sacármelo de la cabeza. Ni al día siguiente, ni al siguiente. Exactamente cinco días después, y presa de mi empatía cogí el coche y me fui a buscarlo. Llegué allí, me planté delante de su jaula y anuncié a mis compañeras: -¡Me lo llevo!. Me miraron como si estuviera hablando de meter un tigre en mi sofá. Había decidido traérmelo a casa hasta que le encuentre una familia que lo quiera (también aquí, con el tiempo descubrí que no hay en el mundo familia dispuesta). Había decidido darle una oprtunidad. Era tan extraño, un perro realmente raro, antipático, agresivo, miedoso, físicamente poco agraciado, bipolar, intolerante y prepotente. Todo un reto para mi vida. Y quise aceptarlo. 

Se vino conmigo a regañadientes, en el trayecto del coche los dos nos mirábamos como inspeccionándonos. Él a mi, yo a él. Creo que en ese momento, me dí cuenta que en realidad, ninguno de los dos estábamos muy conformes con la decisión que había tomado. Llegamos a casa, se presentó, para mi sorpresa, pacíficamente ante mis perros y gatos. Noté que estaba un poquito enfermito, decaído, tal vez tenía un poco de fiebre, estaba exhausto, ésto suele pasar con los perritos que salen de la perrera. Le cedí un sitio en el sofá y lo tapé con una mantita, le di agua y comida. Me miró, esta vez, como asustado y agradecido, y juraría que me dijo con la mirada: -Ahora voy a dormir, pero mañana, tu y yo hablaremos de ésto.